En el principio no había nada. Y esa nada no estaba vacía ni era definida: se bastaba sola a sí misma. Y Dios vio que aquello era bueno. Por nada del mundo se le habría ocurrido crear algo. La nada era más que suficiente: lo colmaba.
Dios tenía los ojos perpetuamente abiertos y fijos. Si hubieran estado cerrados, nada habría cambiado. No había nada que ver y Dios nada miraba. Se sentía repleto y compacto como un huevo duro, cuya redondez e inmovilidad también poseía
Metafísica de los Tubos, Amélie Nothomb, ed. Anagrama
Qui ens mirarà si Déu no mira...?
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